12 de Septiembre de 2001
Contar de forma resumida, querido diario, lo que pasó aquella noche, supone todo un reto para mi escasa o nula materia gris, no por largo, si no porque no recuerdo la mitad. Sospecho en secreto que parte de la culpa es de cierto elixir blanco de fabricación casera que Eusebio me dio a probar, con la excusa de que aumentaría mis capacidades cognitivas. Lo vi removerse de gusto en el asiento del coche cuando lo bebí, lo que me hace pensar que se preocupa bastante por mi bienestar y aprobado.
Ah, sí, he olvidado aclarar que vino a buscarme en coche. Lo cierto es que Eusebio me saca cinco años de perro y tiene una amplia experiencia al volante. Hoy he empezado en la autoescuela, pero eso os lo contaré después, y lo entenderéis mejor. Como decía, Eusebio vino a buscarme en coche, más concretamente un Simca 1000 añejo, afrutado, con cierto tono a bosque. En amores inflamada, oh dichosa ventura, salí sin ser notada de casa y me metí en aquel, cómo decirlo, carrusel pasional del que no saldría hasta bien entrada la madrugada.
Me sorprendió bastante que Eusebio se sintiera, como me explicó, mucho más cómodo conduciendo al volante compeltamente desnudo, si descontamos ese taparrabos que llevaba en la cabeza. Yo no lo entendí como una insinuación, pero sin ton ni son me dio otro de esos molestos ataques de foquismo paquidérmico y me puse a dar palmas como una loca en la feria de Abril. Creo que reconoció mi desequilibrio como una especie de ritual cetrífugo destinado al coito interpaternal, porque aparcó con sumo ciudado en una esquina y, tropezándose de forma bastante ridícula con la caja de cambios, se abalanzó como un lince sobre mi pecho derecho. Debo anotar que fue el derecho porque fue sorprendente, ya que el izquierdo le quedaba mucho más cerca, pero las cuestiones parapsicológicas que ese gesto implican las dejo para otra ocasión, con el fin de no alargar la historia.
Lo cierto es, amado diario, que los fluidos intercorporales hicieron mella en mi piel coitoaxilar, hasta el punto de segregar un líquido para mí antes desconocido, de olor y sabor almizclado, que atraía al hombre sobremanera. No contento con mi pecho, inclinó la cabeza al proceloso oceano algado. Y si buscaba especies, voto a tal que las halló, y no parecio desagradarle tal hecho. Tengo la sensación, cuidado diario, de que intentas cerrarte ante la explicitud de los hechos que te narro, asi que, para no provocar la misma reacción en el posible lector, dejare de contar estos hechos, dejando el final a la imaginación de cada uno, como mandan las buenas costumbres.
Decía, que a las ocho de la mañana siguiente tenía una cita con un Peugeot 207 en la autoescuela. Y como comprenderéis… con qué cara me acerco a otro coche tras lo sucedido. Creo que no tengo fuerzas morales como para enfrentarme a esto ante ti, diario mío, mejor te dejo descansar por hoy y mañana nos vemos con nuevas noticias.